viernes 24 de febrero de 2012

LA MUERTE DE IVAN ILICH


"¿Qué es lo que quieres? ¿Qué es lo que quieres? -se repitió a sí mismo-. ¿Qué quiero? Quiero no sufrir. Vivir-se contestó.
Y volvió a escuchar con atención tan reconcentrada que ni siquiera el dolor le distrajo.
-¿Vivir? ¿Cómo vivir? -preguntó la voz del alma.
- Sí, vivir como vivía antes: bien y agradablemente.
-¿Cómo vivías antes? ¿Bien y agradablemente? -preguntó la voz. Y él empezó a repasar en su magín los mejores momentos de su vida agradable. Pero, cosa rara, ninguno de esos mejores momentos de su vida agradable le parecían ahora lo que le habían parecido entonces; ninguno de ellos salvo los primeros recuerdos de su infancia. Allí, en su infancia, había algo realmente agradable, algo con lo que sería posible vivir si pudiese volver. Pero el niño que había conocido ese agrado ya no existía; era como un recuerdo de otra persona."
(La muerte de Ivan Ilich. Tolstói) 

lunes 20 de febrero de 2012

BRAGAS




He comprendido al instante cómo habían llegado a mi bolsillo: había entrado en el cuarto de baño de Alex antes de marcharme -la taza de té ejerció una presión incómoda sobre mi vejiga- y ella debió aprovechar la oportunidad para meterme un par de bragas suyas en el abrigo, como una especie de postdata a nuestra conversación. Pero ¿qué trascendencia tenía este hecho?
Estaban usadas, pero recién lavadas; no he tenido que olerlas para cerciorarme, porque estaban inmacuLadas y la tela era suave y elástica al tacto. Al mirar dentro de la pretina he descubierto una etiqueta de Bloomingdale's descolorida, confirmación de que pertenecían a Alex: tampoco es que se me ocurriera ningún otro sospechoso de haberme gastado esta broma durante las últimas cuarenta y ocho horas. Se me ha pasado por la cabeza que fácilmente podría haberlas sacado en presencia de Fred. Si, por ejemplo, anoche me hubiera puesto el abrigo en vez de la gabardina cuando fuimos a un estreno en el Playhouse, podría haberlas sacado aquí en el recibidor, o en el foyer del teatro cuando estaba entregando el abrigo en el guardaropa, rodeado de espectadores curiosos y divertidos. "¿Qué demonios...?", me imaginé diciendo, al sacar las bragas dobladas del bolsillo interior y desdoblarlas, mirándolas boquiabierto mientras la gente se reía y se daban codazos unos a otros y Fred miraba atónita y después enfurecida."
(La vida en sordina.  Anagrama, 2010.)

martes 14 de febrero de 2012

LA VIDA ANTE SÍ.


“Una o dos veces por semana venían a casa bastantes madres, pero siempre era para ver a los otros. En casa de la señora Rosa casi todos éramos hijos de putas y cada vez que alguna se marchaba a provincias para buscarse la vida durante unos meses, pasaba a ver a su crío antes y después del viaje. Así fue como empezaron los problemas con mi madre. Me parecía que todos tenían menos yo. Y comencé a tener calambres en el estómago y convulsiones para hacerla venir. En la acera de enfrente, había un chico que tenía un balón y que me había dicho que su madre venía siempre que le dolía la barriga. Yo tuve dolor de barriga, pero nada. Luego tuve convulsiones, y tampoco. Hasta empecé a cagar por todo el piso. Nada. Mi madre no vino y la señora Rosa me llamó moro de mierda por primera vez, porque ella no era francesa. Yo le grité que quería ver a mi madre y seguí cagando por toda la casa durante unas semanas para vengarme. La señora Rosa acabó por decirme que si no paraba me llevaría al hospicio, y eso me dio miedo, porque el hospicio es lo primero que se enseña a los niños. Seguí cagando por principios, pero no era vida.”
(La vida ante sí. Roman Gary. Premio Concourt en 1975)

viernes 10 de febrero de 2012

LA REBELDÍA DE KUPRÍN


Aleksandr Ivánovich Kuprín (1870- 1938), tal y como señalan los expertos, contribuyó junto a Maksim Gorki e Iván Bunin a la renovación de la literatura rusa hacia el realismo y más tarde, hacia el realismo socialista. Su novela El duelo es una de sus novelas más representativas.
Su padre trabajaba como funcionario raso de la ciudad de Narovchat (provincia de Penza) y murió de cólera cuando Aleksandr Kuprín apenas había cumplido un año de edad. Su madre, una aristócrata tártara venida a menos, se vio obligada a vivir con su hijo en la Casa de viudas de Moscú.  El joven Aleksandr se formó en academias militares. Se graduó en 1890 y se retiró para dedicarse a la escritura en 1894.  La vida militar dejaría una marca indeleble en su vida, tal y como se refleja en El duelo, novela que hace unos meses publicó Nevsky Prospects, una editorial que lleva dos años trabajando por difundir la buena literatura rusa.
En El duelo, Romáshov, subteniente de infantería y trasunto del propio Kuprín, describe el tedio, la violencia, las novatadas y la escasa solidaridad que reinaba en el ejército zarista durante los años previos a la Revolución, donde los soldados se vanagloriaban sin pestañear de su hombría y crueldad. Los superiores desprecian a los de rango inferior, campesinos de caras monótonas e inexpresivas que en sus lugares de origen deben soportar una vida de  sacrificios, y que en el ejército ingresan en un batallón alienante. En el otro lado los civiles también son vistos con desprecio por la mayoría de los militares.  La ciencia, el arte y el trabajo manual no interesan al hombre formado en las armas. El mundo según se describe en esta novela se divide en militares y civiles; en amos y esclavos. En este escenario descrito con un realismo brutal, destaca Nazanski, el mejor amigo del protagonista. Este suboficial es la oveja negra del regimiento, alcoholizado y marginado por el resto de sus compañeros, se siente prisionero en una institución que considera inútil y destructiva para el soldado mismo. ” (…) yo tengo que realizar cosas que no me gustan en absoluto: cumplo, bajo el yugo del temor animal, órdenes que me parecen algunas veces crueles y la mayoría de las veces sin sentido. Mi existencia es monótona como una valla y gris como el paño del uniforme de un soldado.”
El personaje alberga un único deseo: salvaguardar su individualidad por encima del espíritu colectivo. Su yo freudiano anhela la libertad. “Mi Yo es mucho más importante que todos esos conceptos sobre el deber, sobre el honor o sobre el amor. Yo ahora mismo sirvo… y de repente mi Yo dice: ¡no quiero! ¿No solo mi Yo, sino más Yos…! ¡El millón de Yos que forman el ejército!...¿Todos los Yos que habitan la tierra de repente dicen!: “ ¡No quiero! Y al momento la guerra no tiene sentido y deja de existir… Todo esto se basa en el hecho de que la humanidad no quiere o no puede decir: “no quiero”!
            A los ojos de Camus, Nazanski sería su hombre rebelde, el que dice que no al poder establecido; el que se rebela al miedo y a la violencia en cualquiera de sus formas. Precisamente en la novela todo este clima de honor patrio rebosante de testosterona aboca al soldado Romáshov a enfrentarse en un duelo con el marido de su amante y que tiene un desenlace sorprendente.
 Kuprín pone sobre la mesa esta forma de asesinato legitimado y los razonamientos que justifican lo que sin ambages es también un homicidio, envuelto de una estética teatral de buenas maneras. El escritor reclama la atención del lector sobre una cuestión nada baladí: hasta dónde puede llegar la indiferencia de un hombre por la vida de uno de sus semejantes.

            Si el lector siente curiosidad por conocer otra faceta de la obra de Aleksandr Kuprín, “el Kipling ruso” como lo llamó Nabokov,  hace apenas unas semanas la misma editorial ha publicado Sulamita. En esta bellísima obra el autor rompe con el estilo naturalista, sumergiéndonos en una atmósfera barroca llena de erotismo de su versión de El Cantar de los cantares. “Ponme como un sello en tu corazón, como tatuaje en tu brazo, porque es fuerte el amor como la muerte; cruel como la muerte son los celos; sus flechas son flechas de fuego.”

jueves 9 de febrero de 2012

LA FELICIDAD CONYUGAL SEGÚN TOLSTÓI




"- ¡Vaya, vaya! Tú sacrificas-puso un acento especial en esa palabra-y yo sacrifico. ¿Acaso puede haber algo mejor? Una lucha de generosidades. ¿No es eso la felicidad conyugal?"


(La felicidad conyugal. Lev Tolstói. Ed. Acantilado, 2012)

domingo 5 de febrero de 2012

ECONOMÍA DE MIERDA O DE GUERRA. LO MISMO DA

EL ROTO. 



El profesor Gene Sharp escribió "De la dictadura a la democracia" ahora hace falta que alguien tan lúcido como Sharp escriba "Cómo derrocar a la dictadura económica". ¿Cómo va a acabar esto? Anoche vi las lágrimas de los trabajadores de Spanair, las mismas lágrimas y la misma rabia de tantas personas que ahora ingresan en las filas de la pobreza. Vi también cómo pequeños empresarios de Cataluña, para que luego se hable de la racanería catalana, ofrecen en algunos restaurantes el menú a mitad de precio a los parados , en los puestos de los mercados por cinco euros te ofrecen un paquete de alimentos frescos y como algunos peluqueros cobran menos a las personas sin trabajo, que tienen el mismo derecho a estar presentables como cualquiera y más si tienen que pasar una criba de entrevistas. La pobreza es una bestia temible que avanza y pisa la cabeza de cualquiera. Dicen que el dinero no desaparece sino que cambia de manos. Existirá por tanto quienes además de estar enriqueciéndose a espuertas, no sienten ni padecen el dolor ajeno. Dicen que hay que sanear las administraciones y las economías de los países, pero si mi lógica no es errónea, queda claro que la depuración de las cuentas está generando una masa social que no puede darse el lujo de vivir porque ya no tiene un trabajo que llevarse a la boca. Esos años de dedicación, especialización y de estudio son ahora agua de borrajas, no valen una mierda. El capitalismo ha muerto y mientras buscamos la piedra filosofal, la mayoría de los hombres y mujeres del mundo caminamos hacia una cámara de gas donde los verdugos se han cuidado muy mucho de cubrirse el rostro. Vivimos un tiempo de guerra, tenemos bajo nuestros pies un campo lleno de minas. Nuestros sueños futuros no rebasan la frontera del día siguiente y cuando este termina uno da la gracias porque la amenaza del despido (otra forma de morir) le ha rozado de cerca.  ¿Hay un Gene Sharp en la sala? El mundo necesita un boca a boca.

jueves 2 de febrero de 2012

Reseña sobre "La isla de las palabras"

1 de febrero del 2012

Miedo

“Cama, mamá, pollito…” Su madre le fue nombrando una a una, las cosas que llenaban las habitaciones de su casa. Le descubrió la música de las palabras, y más tarde, con ayuda de otra cartilla le enseñó a enhebrar las frases: “Mi mamá me ama y yo amo a mi mamá”. “Mi papá no fuma en pipa, fuma puros Condal”. De vez en cuando, cuidándose de que nadie la viera, abría la caja de cigarros y levantaba el papel cebolla para aspirar aquel olor a madera.
La voz de su madre deletreó para ella los sonidos de la vida, y puso nombre a las personas, y a los animales. “Pepa bebe”. “Mi tío pasea”. “El perro ladra”. “Miau dice el gato mientras mira a la rana croar”.
El aroma de su madre ocupaba casi todo el espacio de su vida. Ella llenaba la casa. Le gustaba cantar isas, folías, y sobre todo las seguidillas que las cantaba muy bien. Su voz fue el sonido de fondo de nuestra niñez.”
(La isla de las palabras desordenadas, Yolanda Delgado Batista)
Entre los hallazgos de La isla de las palabras desordenadas (Izana Editores) primera novela de la escritora Yolanda Delgado Batista, está su forma fragmentaria de contar la historia. Una historia en la que se cruzan otras historias aunque en el fondo se trate de una sola historia que, a mi juicio, explora y con mucha pericia, las geografías del desarraigo.
La isla de las palabras desordenadas cuenta también con momentos muy vívidos, escenas en las que la narradora parece que desnuda el alma y que sabrán un poco a hiel para el sentido del gusto de un lector que, entre sorprendido y conmovido, asiste a este interesante y bien armado monólogo a través del cual su protagonista, Lola, va derramando como gotas su relato.
Un relato en el que los recuerdos de la infancia y la juventud se entremezclan sin capricho porque tienen un mismo objetivo, presumo, que no es otro que el de entender y atender a las motivaciones que empujan a su protagonista a regresar a sus raíces. Una vuelta a casa donde los fantasmas del pasado parecen que se ceban en su memoria.
La isla de las palabras desordenadas es también la aventura que inicia su protagonista para despiojarse de las represiones y frustraciones que han marcado su vida. Una vida que aguanta estoicamente por sus hijos al ser consciente de que “el mundo ignora a los vencidos. Nadie regala premios a cambio de penas. Ella también ha aprendido a desentenderse del mundo. Vivir fuera de foco.”

Con esta novela, Yolanda Delgado aporta una nueva e interesante mirada a la narrativa que se está cocinando actualmente en Canarias. Una mirada aplastantemente sincera sobre una realidad –la de la isla, isla– vista con unos ojos donde los miedos que definen el carácter del insular son observados por otro insular pero desde una respetuosa y agradecida distancia.
He encontrado tristeza y ocasionales pinceladas de humor en esta novela que no sabe a primeriza, pero sobre todas las cosas he encontrado una poderosa honestidad al permitir al lector bucear en la cabeza de una mujer aparentemente frágil y aparentemente vencida por las circunstancias que va creciendo a medida que avanza en su inquietante examen de conciencia.
Y todo ello en un relato que, si bien apenas supera las 170 páginas, cuenta con capas y más capas que obligan a una lectura serena para despejar sus claves.
En La isla de las palabras desordenadas las historias parecen que se camuflan unas detrás de otras. Se reflexiona así sobre el tiempo, el fin de la infancia y por lo tanto de los sueños, se habla de ese pequeño infierno vital que es la madurez. También de la soledad, de la familia, del amor, de traiciones y mentiras. De sexo, de la muerte y del miedo.
Sobre todo del miedo. El miedo a lo inevitable.
Acaba de recordar algo que alimentó aún más su carácter de niña asustada. Sus padres habían salido a cenar a casa de unos amigos cuando ocurrió lo del hombre con sombrero y gabardina. Su hermana tendría ocho años. Lola uno más. Esa noche un extraño tocó el timbre de su puerta. Ella acercó una silla, subió y miró por el ojo de pez. Lo que vio fue una figura de hombre embutida en una gabardina negra y un sombrero que le tapaba completamente la cara.
LOLA: ¿Quién es?
DESCONOCIDO: Soy Fernández, ¿está tu padre?
Cuando escuchó aquella voz subterránea, se le llenaron los ojos de susto. Se acordó de los siete cabritillos que acabaron dentro de la panza del lobo y corrió a buscar a su hermana, sin saber muy bien para qué.”
En este aspecto, lo de menos, a mi juicio, de esta novela es la historia que quiere contarnos Delgado Batista sino la forma que ha escogido para contárnosla ya que al emplear esta arquitectura, aparentemente caótica, aparentemente sin orden ni concierto, consigue dar una singular unidad al conjunto final.
Los largos monólogos interiores, en los que describe con brioso pulso narrativo los recuerdos de infancia y adolescencia de su protagonista, así como una frustrada relación sentimental, saben tocar el alma. Y la saben tocar porque su autora procura evitar en todo momento caer en el cenagal del sentimentalismo fácil y muestra, describe, sentimientos desde la hondura al mismo tiempo que imprime de sólida credibilidad a una mujer, Lola, cansada de ser una víctima. Cansada de ser una persona con una noción cancerígena de la culpa que la devora por dentro.
SOR CÁNDIDA: ¿¿Tus padres duermen desnudos?
Lola tenía siete año, casi ocho. Algo le dijo que la pregunta tenía sorpresa. Si les contaba que dormían sin pijama, pensarían que sus padres eran pobres y a ella la echarían del colegio. Lo negó, dijo tres veces que no, así, moviendo de un lado a otro su coleta de caballo. Quizás aquello no estaba pasando de verdad, posiblemente estaba soñando, seguro que al rato mojaría la cama, y aquel líquido calentito del principio, luego sería frío y desagradable.”
La isla de las palabras desordenadas no parece así una obra primeriza, sino el primer aldabonazo de una escritora que sabe pero sobre todo siente lo que escribe. Y ese saber pero sobre todo ese sentir se aprecia en esta novela digamos que experimental, fabuloso rompecabezas en el que no sobra ninguna de sus piezas.
Saludos, muy gratamente sorprendidos, desde este lado del ordenador.


Publicado en el blog del periodista Eduardo García Rojas (http://www.elescobillon.com), director del suplemento cultural,"El perseguidor" del Diario de Avisos de Tenerife.